Como todas las personas, no hago las cosas porque sí. Cada conducta , cada acto, cada palabra, viene empujada por una serie de sensaciones, sentimientos y conclusiones a las que he llegado, después de ser interpelado por el mundo que me rodea. En esta entrada, quiero compartir qué cosas han sucedido a mi alrededor, que me han empujado a mantener una posición evolucionista respecto a los negocios culturales, frente a la continuista de la industria “cultural”.
Para comenzar con esta historia, debo remontarme a los entornos del año 1992, o antes, cuando yo tenía 9 ó 10 años. Recuerdo haber hecho recopilatorios de mi grupo de música favorito, ordenando las canciones que a mí más me gustaban, mezclando temas de todos los discos, en el orden que yo consideré más apropiado y guardando un sentido ascendente de la intensidad de las canciones. Puedo haber escuchado esa misma cinta miles de veces. De hecho, cuando suena cualquiera de esos temas, al final siempre viene a mi mente el siguiente en el orden que yo los puse. Por supuesto, el origen de esas canciones no eran cintas originales de mi propiedad, sino de mis amigos, porque yo no podía permitirme el comprarlas y, teniéndolas ellos y pudiendo dejármelas…
Cuando yo tenía unos 10 años, fue la primera vez que vi a alguien vendiendo cintas copiadas. Fue prácticamente en la puerta de mi casa, en una concurrida calle de Madrid. Se veía claramente que eran copiadas, pues tenían las carátulas originales fotocopiadas en blanco y negro, impresas en papel naranja o verde “cantoso”. Recuerdo que por mi casa a ha habido alguna de estas copias, pero no sé quién las introdujo. Con esa edad, yo no era capaz de discernir si aquello estaba bien o estaba mal. Tan sólo sabía que aquellas cintas sonaban prácticamente igual que las originales, pero costaban mucho menos. Aunque yo no podía permitirme comprar las originales, nunca compré ninguna de ellas, ya tenía mi propio recopilatorio que escuchaba incansablemente.
Poco después logré, tras un par de años de guardar propinas, pagas y aguinaldos, comprarme mi primera minicadena, por 53.000 pesetas (318 €), con doble pletina, cargador de CD y radio AM/FM. Aun la tengo por casa, aunque ya no sé qué hacer con ella. Pasé de escuchar cintas a entrar en la industria del disco compacto, con mucha mejor calidad. Tuve una época, en la preadolescencia, en esa época de la vida en la que necesitas sentirte representado en canciones y que andas de enamoramiento en enamoramiento y de revolución en revolución, en la que compraba varios CD originales cada mes, generalmente, esperando unos meses después de que se estrenara el disco, para que bajaran de precio y fueran asequibles a mi bolsillo. Ahora tengo un montón de preciosas cajas de plástico con discos de plástico dentro, que hace varios años que no se usan y que están amontonados en una estantería, aguardando un futuro incierto.
Entonces, empezaron a llegar a mis manos, en disquetes de 1,44 Mb, canciones comprimidas en MP3. Gracias a esta forma de pasar música, he descubierto multitud de artistas, algunos que pasaron a ser muy conocidos y otros que no. También he presentado esos artistas a amigos que se han hecho grandes fans. Todos hemos ido a conciertos, comprado camisetas y demás merchandising, ediciones especiales y discos. Tan sólo he comprado un único CD del top manta, de mi artista favorito, porque no pude esperar a escuchar el disco completo, habiendo escuchado los sencillos en la radio. Fue en el Metro de madrid, a un inmigrante africano. Recuerdo que, durante un tiempo, me sentí mal por ello, porque los que se habían llevado el dinero del disco no habían intervenido en su creación. No he vuelto a comprar un CD ni un DVD en el top manta, pero sí que he dado algo de dinero alguna vez a algún inmigrante, a cambio de nada, para que se comprara algo para comer.
En plena ebullición hormonal y de intercambio cultural, comenzaron a escucharse, en los medios de comunicación, voces de esos mismos artistas que tanto me gustaban, acusándome de ladrón, traficante y cosas más graves. Fue en ese momento cuando empecé a informarme sobre el tema. No entendía por qué me insultaban mis propios ídolos, cuando no hacía nada ilegal y, encima, hablaba de ellos y animaba a mis amigos a ir a verles y a comprar cosas suyas, con las que ellos estaban ganando dinero. Durante un tiempo, cuando ya estaba empezando a estudiar en serio, prácticamente dejé de escuchar música, y en mi habitación comenzaba a haber silencio, en vez de rock, pop, heavy o “chunda-chunda”. Me dí bastante a la lectura y, sobre todo, a estudiar. Esta etapa de mi vida me ha marcado. He dejado de conocer cantidad de grupos clásicos que cualquier aficionado a la música considera como absolutamente básicos y mi conocimiento musical se detuvo en seco. Como prácticamente no escuchaba música, no sentía la necesidad de ir a conciertos ni de comprar merchandising, ni de colaborar con artista alguno. Y, si encima me insultaban, apañados iban. Si a eso le sumamos que el nivel de calidad de producción musical descendió drásticamente desde entonces hasta hoy, tal y como han reconocido bastantes artistas consagrados, creo que es inimaginable el daño cultural a la juventud española que se ha hecho en los últimos 10 – 12 años. O, por lo menos, a mí.
Al entrar en la universidad y con la llegada de la tarifa plana y el ADSL a mi casa, se volvió a disparar la cantidad música compartida, pero muchas veces no escuchada. En aquella época, hice todo lo posible por escuchar únicamente música con licencias libres, pero era difícil de encontrar y, salvo contadas excepciones, lo más escuchado tiene todos los derechos reservados. Pocas veces he vuelto a comprar un CD, salvo que fuera de grupos pequeños, más por echarles una mano que por tenerlo, porque han servido, básicamente, para pasarlos a un formato comprimido (MP3 y OGG, sobre todo) y poder llevarlos de un lado a otro. En mi opinión, el CD y el DVD son soportes muertos y el Blu-Ray ya nació muerto. Prueba de ello es la drástica reducción de precio que sufrieron las películas en Blu-Ray a los pocos meses de sacarlas. Si se siguen utilizando, sobre todo es por los equipos de audio más antiguos, que no permiten reproducir facilmente por dispositivos USB o desde el ordenador. Pero comprar un disco, hoy en día lo veo absolutamente innecesario. ¿Para qué me voy a limitar en las posibilidades de transporte y reproducción y, encima, pagando un precio desorbitado por un disco del que puede que no me interesen todas las canciones? Si me gusta una canción, pagaría por esa y por poder reproducirla en el ordenador, en el móvil, en la minicadena, en el coche y en los equipos de otras personas, mezclado con canciones de otros grupos y otros géneros y ocupando toda mi discografía, como mucho, unos escasos centímetros cúbicos, que es el tamaño de una memoria USB. Pero no pagaría por lo contrario. No tengo ninguna gana de llevar enormes archivadores de CD o tarrinas, para no poder cambiar de una canción cualquiera a otra en el momento que me de la gana sin tardar 3 minutos.
Señores de la industria “cultural”. Ni somos sus esclavos, ni ustedes son nuestros pastores y nosotros somos sus vacas, a las que pueden ordeñar cada vez que quieren hacer una ampliación en su palacete. Somos personas y sentimos la necesidad de comunicarnos artísticamente, solo que no hemos desarrollado su capacidad compositora o no hemos tenido la suerte de nacer con su voz. Siempre he tratado de respetarles, además de admirarles, y no me es nada sencillo. Decidí estudiar una ingeniería y lo primero que me di cuenta al salir al mercado laboral es que, toda la formación que había recibido (y comencé a trabajar en mi último año de carrera), ya estaba desfasada, con lo que no he parado de aprender cosas y de evolucionar en la utilización de nuevas teconologías y recursos desde entonces. ¿Por qué ustedes no pueden hacer lo mismo? ¿Por qué tienen que actuar como si fueran una suerte de deidades, por encima del pensamiento del común de los mortales y tuvieran el derecho a obtener de nosotros, sus clientes, y de nuestros políticos, todo cuanto se les antoje? ¿Por qué son los únicos proveedores de todos los negocios habidos, que se permiten insultar, flatar al respeto, despreciar y exigir a sus clientes? ¿No se dan cuenta de que todo lo que tienen es porque entre todos nosotros se lo hemos dado?
